jueves, 25 de noviembre de 2010

Adela (Día Internacional contra la Violencia de Género)

Adela había terminado de dar de cenar a sus hijos, con la tele bajita y el oído atento a cualquier ruido que proviniese del pasillo. Apiló los platos y los cubiertos para tenerlos preparados para llevar a la cocina y limpió con diligencia a sus dos hijos de 5 y 8 años, mientras no quitaba la vista del reloj que colgaba de una pared del cuarto de estar.

De repente, su oído se agudizó escuchando el tintineo de unas llaves que rascaban la puerta. Su mente se movió deprisa: dejó todo lo que tenía pendiente, se colocó debajo del brazo una botella de gaseosa de cristal llena de agua y agarró a sus dos hijos para meterlos en el dormitorio.

Con la puerta del dormitorio a medio cerrar, escuchó un portazo tras varios intentos fallidos de introducir una llave en la cerradura. Alguien entraba trastabillándose, dando tumbos contra las paredes y maldiciendo palabras malsonantes e hirientes contra ella. Atrancó la puerta sirviéndose de la botella, que colocó en ángulo entre la pared y la puerta, a la vez que también se servía de su espalda para hacer palanca, apoyándola contra la puerta y estirando las piernas en tensión contra la cama.

Ya había vuelto del bar, como todas las noches. Adela ordenó a sus hijos que se acostaran con un susurro y no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorría toda la espalda y le revolvía el estómago. Tenía miedo, nunca podría acostumbrarse a ello, sobre todo temía por sus hijos, más que por ella misma.

Sólo tenía que aguantar un poco así, haciendo fuerza contra la puerta, él no podría abrirla. Hacía tiempo que se había buscado sus mañas. Sólo tenía que esperar, esperar a que desistiese, aburrido y acabase comiendo cualquier cosa que encontrase en la cocina para después desplomarse en el sofá del cuarto de estar.

Tendría que dormir con un ojo abierto y otro cerrado, pero al menos esa noche sus hijos dormirían en casa, en sus camas. En otras ocasiones no sabía cómo explicarles a sus hijos que, a pesar de ser de noche, su padre no les abría la puerta de casa y habían terminado durmiendo en el trastero.

A veces no podía más y acudía a casa de su hermana, pero no quería molestarla, no quería preocuparla con su angustia. Por desgracia, no tenía muchas alternativas. Ir a la Policía era perder el tiempo, sus respuestas eran de lo más variopintas:

“-Mujer, ya se le pasará, ya se sabe, a veces lo que no hace el vino lo hacen las patatas”.
“-Seguro que es una mala racha, ande, vuelva a su casa con su marido, que seguro que ha sido un enfado sin importancia…”

Se tragaba la impotencia y se ahorraba contarles demasiados detalles, porque para los agentes, seguramente eran sólo arrebatos transitorios de un marido sufrido que estaba en paro (forzoso por su alcoholemia, claro) y algún bofetón de vez en cuando no había que tenerlo en cuenta.. Como aquella vez que intentó estrangularla con el cinto del pantalón; escena que presenció el hijo mayor y fue gracias a él, un mico de ocho años que se lanzó a propinar un mordisco en el brazo de su padre con todas sus fuerzas, como se zafó de una muerte violenta.

Ya no podía más. No había levantado la mano a los niños, pero no iba a esperar para brindarle la ocasión. Había hecho las maletas y las tenía en el trastero. Era doloroso aceptar que su vida en pareja había sido un fracaso, lamentable pensar que los niños no tenían un padre decente, humillante tener que pedir ayuda a los demás... pero peor era quedarse a esperar la muerte. Sabía que su madre la recibiría con los brazos abiertos. Volvería a SU CASA.

P.D:
Adela fue una madre durante los años 80, cuando la violencia de género se sufría igual que ahora, igual que siempre, pero ni las instituciones ni la sociedad le daban importancia, aunque no parezca una fecha tan lejana. Parece que los tiempos han cambiado, afortunadamente, aunque no los maltratadores, desgraciadamente.

5 chispazos:

cloti dijo...

Qué terrible historia. :(
Bssssss
Cloti

chema dijo...

no voy a escribir un comentario políticamente correcto. estas historias de padres borrachos que arruinan la vida a sus mujeres y a sus hijos me revuelven la tripas, y se merecen que éstos no les vuelvan a hablar en la vida. tendrían que reparar el mal causado para poder ser perdonados, y cómo pueden repararlo? es imposible? si la vida matrimonial te parece tan terrible que te das a la vida para huir de ello, no haberte casado, gp. ya que tienes una familia sé un poco responsable y cuida de ellos, que no tienen la culpa. no sigo que me cabreo más...

COILET dijo...

Eso mismo pienso yo, Chema, créeme esta historia me ha sido muy cercana, me la han contando en primera persona, de ahí los detalles... Afortunadamente la "Adela" que conozco consiguió sacar a sus hijos adelante y él acabo falleciendo de una cirrosis galopante, solo y hecho un asco...

anele dijo...

Sobrecogedora historia.
No puedo imaginar nada peor que vivir con miedo en tu propia casa.

Lo que me preocupa son todas esas "Adelas" que no logran escapar a tiempo.

Inma dijo...

Terrible realidad. me has dejado con el estómago encogido de horror